CINE, TV, LITERATURA, MÚSICA...tu opinión cuenta

Me llamo Rafa Ruiz. Soy guionista e intento ser director de cine. Soy una persona que ha crecido en los 90. Tengo demasiados pensamientos en la cabeza, y quiero compartirlos con vosotros y a la vez conocer los vuestros. El arte se crea entre todos

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domingo, 26 de febrero de 2012

CARTAS DE AMOR PERDIDAS (IV) : DECEPCIÓN y ESTÍMULO

Hoy por fin me he atrevido a besarte. Llevaba demasiado tiempo queriendo hacerlo. No me acuerdo de dónde estábamos, solo se que te besé. Quizás bailábamos, o quizás hablábamos junto a la barra. Solo sé que de repente sentí tu boca tan cerca de la mía, que me arriesgué.  Fue brusco al principio. Tu sorpresa, la mía, la de nuestras bocas juntas, pero después todo se normalizó. Mis brazos dejaron de temblar y abrazaron tu cintura, los tuyos se posaron en mis hombros rodeando mi cuello. De repente nuestras miradas se cruzaron solamente nos pudimos reír. Luego nos volvimos a besar.

Horas después me desperté. Cuando pude recordar lo que había soñado, la primera sensación fue de decepción, pero justo después sentí estímulo. Y es que no puedo negar que me he llevado un gran chasco, pero la sonrisa de tonto no se me ha quitado en todo el día, y eso, da para mucho en lo que soñar.

miércoles, 23 de noviembre de 2011

RELATOS CORTOS (VI) : BANDIDO


Los rayos de sol se colaron por los diminutos agujeros de las persianas e iluminaron la habitación. Olía mal y se hacía insoportable por momentos. Entre las sabanas de la cama una persona parecía llevar muerta un par de semanas. Sobre la mesilla de noche, un reloj digital marcaba las cinco y media de la tarde. Sonó el despertador y siguió sonando durante cinco largos minutos. Todo volvió a calmarse. Fue entonces cuando se escuchó un gruñido procedente del bulto de la cama y el cadáver empezó a moverse. El muerto en cuestión era Olivier Bande y, al parecer, no estaba tan muerto como aparentaba. Todo lo muerta que puede estar una persona que ha sobrevivido sus últimos dos meses a base de alcohol y estupefacientes.
Desde su lecho, Bande pensó que no había ningún buen motivo para levantarse, pero su vejiga no opinaba lo mismo, así que decidió salir de la cama. Puso el pie en el suelo, cogió impulso y antes de ser consciente de lo que estaba pasando, se encontró tirado en el suelo y con un incipiente chichón en la parte trasera de su cabeza. A su mano derecha llegó rodando la botella vacía de whisky barato que le había hecho compañía la noche anterior. Empezaba a recordar algo, pero en ese momento (por la resaca o quizás por el castañazo que se había pegado contra la mesilla) sentía que su cabeza no resistiría ningún esfuerzo, por muy pequeño que este fuera.
Se levantó como pudo, ahora con más cuidado que la primera vez, y se metió en el baño. El color de su orina le recordaba al burbon que se había bebido algún día de aquella semana. Abrió el grifo, se humedeció la cara y se miró al espejo. Fue entonces cuando comprendió que no podía seguir así mucho tiempo.
Fue a la cocina y abrió la nevera. No había cosa que más odiara que las neveras llenas de botellas de coca cola rellenadas con agua, pero, en ese momento, un buen vaso de agua fría y quizás un par de aspirinas, le devolverían a su cabeza la tranquilidad que ésta le pedía a gritos.
Ya mejor y con sus facultades mentales empezando a funcionar, se dio cuenta de que no tenía ni la más remota idea de qué día era, así que decidió bajar a por el periódico. Buscó la suficiente calderilla para ir al quiosco, se puso su albornoz verde y unas chanclas. Abrió la puerta y junto al descansillo había un ejemplar de "La Voz de Galiza" y, aunque se extrañó, pensó que se había ahorrado un viaje.
Olivier cultivaba desde hacía años la extraña manía de leer el periódico al revés. La mayoría de la gente que lo empieza desde atrás lo hace para leer las secciones más ligeras y normalmente, al llegar al principio de la sección deportiva, dejan aparcado el diario. Olivier no. Aunque empezara por el final, podía presumir de que, siempre que tenía un periódico entre sus manos, lo leía de cabo a rabo.
Llegó al salón y se sentó en su butaca roja, dobló el periódico a la mitad y lo puso sobre sus piernas. De uno de sus bolsillos sacó una cajetilla de tabaco rubio. La abrió y sacó un cigarro. La puso boca abajo y dio un golpe seco en la base del paquete. Fue entonces cuando salió una china de hachís que cayó directamente en su mano. La dejó junto al cigarrillo. Sobre la mesa había un montón de mecheros y recordó que solo debía haber uno que funcionara, pero si no sabía en que día vivía, no iba a saber cual de todos aquellos encendería. La opción de levantarse y probar uno por uno no le parecía muy tentadora, así que pensó que sería mejor buscar primero un papel. Metió la mano por el hueco del sillón, cogió el librillo de "Rizzla" que guardaba allí y pegó un par de papeles en forma de V. Fue entonces cuando vio que le tocaba poner en práctica su destreza con los pies. Se quitó la chancla izquierda, estiró la pierna, habilidosamente cogió el primero de los mecheros con los dedos del pie y con un movimiento rápido se lo lanzó a su propia mano. Como no encendía, repitió el proceso hasta que al tercer intento salió una gran llama.
Acabó la sección internacional. El porro se consumía lentamente en el cenicero entre calada y calada mientras que la habitación se llenaba de humo. Entonces escuchó una musiquilla que venía de la cocina. Era su móvil, y esta vez iba a tener que levantarse. Lo cogió y volvió a su butaca. Tenía seis llamadas perdidas y acababa de recibir un mensaje:
-Ola bandido!! No contestas, asi q pasare por aí+tard.as visto el periodiko??-
Fue entonces cuando, por primera vez en mucho tiempo, antes de acabar de leer el periódico, lo cerró y miró atentamente la portada. Aparecía mucha policía. También distinguió restos de sangre en las piedras del suelo. Pudo reconocer que se trataba de la plaza del Obradoiro.
-¿Un asesinato en pleno corazón de Santiago? ¿Quién sería el pobre desgraci......? -Antes de poder terminar la frase alzó la mirada y leyó el titular: PROFESOR UNIVERSITARIO ASESINADO.
Bandido se quedó perplejo un par de segundos, cogió su porro del cenicero y le dio un par de intensas caladas. Aguantó un rato el humo en sus pulmones y empezó a especular sobre los hechos antes de leer la noticia por completo. Su cerebro se ponía en marcha.

RELATOS CORTOS (V) : ALGO MÁS


Set tardó en llegar a Los Lagos menos que el autobús. Sabía que aquel hombre tenía más información sobre el asesinato que el, pero en ningún momento pensó que estuviera implicado. Mientras no llegaba, pensaba en como abordarle sutilmente para que éste no se asustara y se cerrara en banda.
Pasaron pocos minutos hasta que Set vio como se acercaba el autocar amarillo. Le dio el alto y se identificó. El conductor abrió la puerta trasera. Apenas había viajeros, así que al detective Artur le fue fácil encontrar a su sospechoso. Lo sacó a trompicones.

-Yo no se nada ¡Lo juro!- Dijo aquel hombre.
-Pues no es lo que parece. ¿Si no sabe nada por qué escapa? Yo diría que sabe más de lo que dice- Le increpó el detective -¿Cual es su nombre?-
-Jairo Souto- Le contestó.
-Bien Jairo, ¿me va a contar lo que ha visto?-  
-Vale, pero yo no tengo nada que ver- Se quedó pensativo unos segundos- Eran las 12 de la noche. Me acuerdo perfectamente porque na más salir del “Rajoy”, un bar cerca del allí, empecé a oír las campanadas de la catedral. Miré hacia el centro de la plaza y entonces vi a un hombre tirado, mientras otro parecía que lo estaba....destripando. Había bebido, así que pensé que podía ser que mis ojos me engañaran. Cuando levanté la vista otra vez, escuché un disparo. El malo escapó y fue entonces cuando llegó ella. Una chiquilla de muy buen ver, que se postró ante el cadáver. El resto creo que ya lo sabe.- Jairo parecía aliviado al haberlo contado.
-¿Como era el atacante?-
-Estaba lejos y no lo vi con claridad. Todos los datos que le puedo dar son imprecisos- Contestó.
-Bien, ¿me podrías describir a aquella chica? - Le preguntó Set.
-Era joven. No llegaría a los veinte. Su pelo era oscuro y algo ondulado. Llevaba un abrigo rojo y unos pantalones blancos.-
-¿Algo más?-
-Una carpeta, un paraguas, un bolso... Detalles, cosas que lleva cualquier chica, detective Artur- Contestó complaciente.
A Set se le había olvidado por completo que Jairo conocía su nombre.- ¿Como sabe mí....?-
-¿Nombre? Detective, aún hay gente que lee el periódico. ¿Puedo irme ya?-
-Si, pero a comisaría y conmigo. Aún debemos hacerle más preguntas-
Jairo se empezaba a inquietar. -¿No puede hacerme las peguntas aquí?-
-No solemos facilitarles las cosas a la gente que no colabora- Set intentaba poner al testigo más nervioso, y lo estaba consiguiendo.
-Pe...pero si ya le he contado todo lo que he visto-
-Entonces, ¿Como le explico a mi jefe que un hombre medio borracho no es capaz de darnos algún dato sobre el atacante pero si de distinguir a cincuenta metros una carpeta de la universidad? Dígamelo ¡porque a mi me da la risa! Es más, se lo dirá usted mismo- fue entonces cuando sacó las esposas.
Jairo empezó a respirar con dificultad. -Después del disparo, el asesino cogió los papeles que había dentro de la carpeta y se fue. Luego esperé a que se fuera la chica y me acerqué para ver quien era el muerto, pero estaba completamente desfigurado. Me costó aguantar el vómito. Entonces me fui a mi casa, pero era incapaz de dormir, así que volví. La policía cubría ya la zona. ¡Le juro por mi hija que no miento!- Gritó mientras besaba un camafeo que llevaba en el cuello- Déjeme ir, no me baje pal cuartel- Le suplicó poniendo buena cara.
-Si, y la próxima vez que le persiga un poli, no monte este numerito.- Le advirtió.
-Lo siento. Por un momento creí que querrían cargarme el muerto.-
-Bueno, primero investigaremos un poco y si no descubrimos nada, quizás lo hagamos.-
Jairo esbozó un gesto asustado, pero no dijo nada.
-Era broma.- Aclaró el detective. -De todos modos, es usted nuestro único testigo, así que no se vaya de la ciudad y manténgase localizable. Tome, aquí tiene mi tarjeta; para cualquier cosa que recuerde.-

El hombre comenzó a caminar, y el detective Set Artur se quedó solo en aquel remoto páramo verde en las entrañas del único monte que rodeaba la ciudad. Sacaba conclusiones y volvía a farfullar palabras inconexas a las que solo el sabía dar significado.
Tenía a un testigo que lo había visto todo y que no decía nada. Aunque sabía que había algo que se guardaba. -Decir verdades a medias no es mentir, pero si las cuentas es porque escondes algo. ¿Que escondes Jairo?- Set se proponía descubrirlo.
Llamó a Marque y se puso manos a la obra.

jueves, 17 de noviembre de 2011

RELATOS CORTOS (IV) : OTRO LUGAR


Caminaba nerviosa entre la gente cargando una enorme bolsa de viaje. Tenía la mirada ausente y sus pensamientos eran confusos. No le encontraba sentido a nada de lo que estaba pasando y eso la asustaba aún más. Aquella noche apenas había conseguido dormir y los pocos minutos en los que cerraba los ojos y conseguía que el sueño la invadiera, eran interrumpidos por desgarradoras pesadillas que la hacían pensar que era mejor quedarse despierta, lo que le sirvió para poner en orden sus ideas y modificar sus planes. Su primera conclusión fue que debía marcharse. Tenía pensado hacerlo, pero el incidente de la noche pasada le había obligado a adelantar su partida. Erhea sabía que estaría más segura en otra ciudad.
A lo lejos, bajando la calle que tenía delante y al otro lado de la carretera, se veía la estación de tren. La maleta le pesaba y se sentía agotada, tan agotada que empezaba a dudar si conseguiría llegar. Le parecía mentira que esos pensamientos pudieran estar pasando por su cabeza.
Llegó a duras penas hasta la puerta de la estación. Estaba casi desierta. Algunas personas mayores paseaban haciendo tiempo hasta que llegaran sus trenes. Miró la pantallita de las salidas e inmediatamente después su reloj. Aún le quedaban varios minutos hasta la salida de su tren. Minutos que pensaba aprovechar en tomarse una tila en la cafetería e intentar calmarse un poco.
En el centro de la tacita se empezaba a crear un remolino debido a la rapidez con la que Erhea removía su infusión. Tomó un sorbo. Parecía calmada por momentos, aunque la forma con la que aplastaba la bolsita de tila contra el fondo de la taza no indicaba lo mismo. Le dio otro sorbo.
-Regional, procedente de A Coruña, destino Vigo, estacionado en la vía 2- Retumbó una voz metalizada procedente de los altavoces. Erea se levantó y arrastró como pudo la bolsa hasta el andén. Miró a un lado y al otro. Nada. El tren tardó unos minutos en aparecer.
Desde su asiento, y con los ojos cerrados, sintió como el tren se ponía en marcha. Estaba mareada y somnolienta, así que decidió intentar dormir todo el sueño que se le había escapado esa noche. Pensó que un poco de música le ayudaría a relajarse, así que se puso los cascos de su mp3 y lo encendió. Poco a poco, las melancólicas notas de las canciones se fueron fusionando con sus tristes pensamientos y no tardó mucho en conciliar el sueño.

Los tablones de suelo de aquella casa estaban muy viejos, al borde de la podredumbre y las telarañas adornaban de forma siniestra las esquinas donde convergían las paredes. Las fuertes tormentas y las lluvias habían arrancado pequeños cachos del tejado, lo que había provocado incipientes goteras que alguien intentara solucionar situando cubos y cazos bajo estas.
La distribución de la casa era simple: un larguísimo pasillo con puertas a los lados y una gran estancia al fondo. La mayoría de las puertas estaban cerradas, excepto dos, la tercera por la izquierda y la cuarta por la derecha. La primera era la cocina, aunque nadie lo diría. La mugre cubría las paredes. La combinación del olor a cerrado y el moho hacían repulsiva la idea de entrar en aquel cuarto. Del grifo caía intermitentemente un hilillo de agua amarillenta sobre una gran pila de platos sucios que debían llevar años en el fregadero.
La otra habitación correspondía al baño, que aunque también estaba sucio, parecía mucho más habitable que la cocina. El ambiente estaba cargado y no era agradable, pero era debido a la pestilente atmósfera que envolvía toda la casa.
Unas finas cortinas custodiaban la misteriosa sala del fondo, aunque de vez en cuando, una brisa dejaba entrever un diván. Aquella era sin duda la habitación más misteriosa de la casa, ya que, aunque muchas de sus puertas encerraban terribles secretos tras oxidadas cerraduras, ésta estaba nueva en comparación con el resto de la vivienda. El aire que entró por el ventanuco roto de una de las paredes agitó las cortinillas, y dejó a la vista y de forma clara unas relucientes estanterías rebosantes de toda clase de libros perfectamente conservados.
Entrar allí, era como entrar en otro mundo. Una dimensión paralela a la asquerosa pocilga que dejaba atrás. Una dimensión llena de lujo y sabiduría. Lo que en esencia parecía una bonita estantería repleta de libros era parte de una vasta biblioteca elíptica que se extendía a lo largo de 2 pisos de altura, a los que se accedía a través de unas firmes escaleras de caracol. En una simple ojeada se podían ver fácilmente decenas de libros conocidos. Ordenados de manera exquisita y minuciosa, relucían en las estanterías obras clásicas de Shakespeare, Calderón, Molière... Novelas de Julio Verne, Oscar Wilde, Homero, Edgar Allan Poe, y autores de todas las épocas.
En segundo piso, libros y ensayos de los más prestigiosos filósofos, científicos, historiadores, psicólogos, sociólogos, economistas que la historia había concebido.
El último piso, albergaba por lo menos un millar de libros de consulta, abarcando desde diccionarios de todas las lenguas conocidas  hasta inmensos atlas y guías de muchas ciudades...
En la arena de aquel coliseum construido con siglos de sabiduría, se encontraba un antiquísimo diván que podía haber pertenecido al mismísimo Freud, pero tan bien cuidado que se podría decir que parecía nuevo. A su espalda se encontraba un mullido sillón, y a la izquierda una majestuosa chimenea de piedra con pequeñas gárgolas talladas y otros singulares motivos. En ella chisporroteaba la leña incandescente que poco a poco se consumía para dar vida a una impresionante llama de un color más rojo que el de la propia sangre.
Presidiendo la refinada estancia, y sobre una gran alfombra, un escritorio de caoba y cuero, digno de cualquier alto mandatario del globo.
-¡QUIEN ERES!- gruñó la más aterradora de las voces.
-¡¿COMO HAS CONSEGUIDO ENTRAR AQUÍ?!.....¡¡Como te HAS ATREVIDO a entrar AQUÍ!!- volvió a increpar con un ronco susurro lleno de ira.
-¿QUE HAS VISTO? ¡¡Dime QUE es LO QUE HAS VISTO!!- La amenazadora voz llegaba de todas partes y era imposible distinguir de donde procedía.
-TE MATARÉ, ¿me oyes?- se hizo el silencio............-¡¡TE MATARÉ!!-

Erea se despertó ahogada en un grito de terror y rabia. Las lágrimas caían por sus sonrojadas mejillas y acababan mojando su jersey azul pálido.
-No, no, no...... ¿Por qué a mí? ....- pensaba la joven mientras no dejaba de llorar -¿Por qué...?- se preguntaba una y otra vez desesperadamente.
Las pesadillas de aquella habían sido horribles, pero aquella había sido diferente, demasiado real, y.... aquella voz, aquella espantosa voz......
Cuando Erea recobró la calma y se tranquilizó, se dio cuenta de que estaba sola en aquel vagón. Le parecía muy raro. Normalmente en aquel tren y a aquellas horas de la mañana viajaban casi un centenar de pasajeros entre estudiantes y gente que tenía que desplazarse hasta su lugar de trabajo. Extrañada, asomó la cabeza al pasillo y miró en ambos lados. Todo vacío. En todo el tren no se escuchaba un murmullo y no parecía haber señales de vida. Aunque tardó un poco, fue entonces cuando se dic cuenta de que le faltaba su reproductor de música. Lentamente se levantó y empezó a caminar por el desértico pasillo en busca del revisor. El tren parecía haberse parado.
Erea cruzaba los vagones con cautela, ya que le parecía una situación demasiado sospechosa. Intentaba mantener su miedo oculto bajo el manto de serenidad que siempre la había caracterizado, aunque tenía los nervios a flor de piel. Aquellos corredores parecían no tener fin. Entonces se sentó, estaba confundida. Afuera había oscurecido. Hacía tan mal día que no se sabía si ya era muy tarde o simplemente el cielo encapotado no dejaba ver el sol. Desde la ventana vio que se encontraba en una estación que parecía estar en el medio de ninguna parte.
Dudó unos segundos. No sabía si debía bajar de aquel tren. Fue entonces cuando escuchó otra vez aquella voz. Un escalofrío volvió a recorrer su cuerpo. Cerró los ojos con fuerza y rezó para que todo fuera otro mal sueño. Cuando los abrió, se encontraba en su asiento, rodeada de gente que empezaba a abandonar el vagón. Estaba ya en Vigo.

lunes, 14 de noviembre de 2011

CARTAS DE AMOR PERDIDAS (III) : PASOS DE BAILE

Todos tenemos en nuestras vidas un amor que recordamos con cariño. El mío fue tan fugaz, que aún a día de hoy parece un lejano recuerdo que con el paso del tiempo dudas si realmente sucedió, pero aún se me dibuja una sonrisa en la cara cuando pienso en ella.
Era una de esas chicas que con una sonrisa podía alegrarte el día. Sus ojos reflejaban una felicidad que al final resultaba contagiosa. No hablaba mucho y aún así, ya no podía dejar de mirarla. Sólo su silencio, me interesaba más que cualquiera de las cosas que me contara algún profesor de los que deambulaba por aquella clase. Siempre quise besarla, pero nunca encontré el momento. También quise arrancarme a cantarle en medio del aula, con el profesor y los alumnos haciéndome los coros, pero nunca encontré la canción adecuada. Ahora no se me acabaría el repertorio.
Finalmente conseguí besarla, pero fue ella quién dio el primer paso. Cuando quise dar yo el siguiente, ella ya no quería bailar. Lástima de tiempo perdido. La gramola sonaba alto y la pista estaba vacía, pero nosotros no estábamos allí. O quizás si que estábamos y no nos habíamos encontrado todavía, y pasó nuestra canción.
Pero al fin y al cabo, eso es lo bonito. Poder imaginar en nuestras cabezas que hubiéramos sido la pareja de baile perfecta. Eso no nos lo quita nadie. Lo perdimos tan fácil, que valió la pena.

http://www.youtube.com/watch?v=c2KUR5Vi2WU

martes, 8 de noviembre de 2011

RELATOS CORTOS (III) : SIN RUMBO


La comisaría de la policía nacional estaba casi vacía. Casi todos los agentes disponibles se encontraban custodiando la Plaza . Un par de policías jóvenes se encontraban en la puerta de la central. Ninguno de los dos estaba demasiado contento. Les parecía una injusticia que solo por ser los nuevos, les tocara quedarse en casita mientras los mayores hacían el trabajo de verdad. Pero su oportunidad de ser tomados en serio se personificó en la figura de una persona que, arma en mano, perseguía a un hombre. Ninguno se lo pensó. Se dedicaron una sonrisa cómplice y se abalanzaron sobre Set Artur. Su pistola cayó al suelo y sus gafas salieron despedidas.
-¡No se mueva! Queda detenido- Gritó uno de los novatos, mientras el otro le registraba los bolsillos.
-¡Soltadme inútiles! ¡Soy policía!- Set estaba realmente cabreado-¡Tengo la placa en el puto cinturón!
Los agentes palidecieron. Se pudo oír como sus corazones se paraban al unísono. Se quitaron de encima del detective y corrieron a recogerle su arma y las gafas, que milagrosamente no estaban rotas.
Artur sabía que el error había sido suyo por haber pasado por delante de una comisaría con una pistola y corriendo detrás de un hombre sin haberse identificado, pero no se disculpó. Se levantó como un rayo y empezó a correr de nuevo.
Set, giró la esquina pensando que con un poco de suerte, aún lo podría ver, pero su esperanza se desvaneció cuando se encontró delante de la puerta de un instituto. Eran las ocho y cuarto y los alumnos se disponían a entrar en las aulas. Rugía la marabunta de cientos de voces de adolescentes desahogándose antes comenzar su jornada estudiantil. Artur saltó un par de veces, pero no consiguió divisar a aquel misterioso individuo. El estridente ruido del timbre que daba comienzo a las clases resonó en los alrededores de aquel edificio de piedra que en otros tiempos fuera un seminario, y los chicos empezaron a entrar.

Jairo notaba latir su corazón. Lo escuchaba más que el ruido del motor de los coches que lo rodeaban. Le costaba respirar. Con sus manos temblorosas buscó en los bolsillos el inhalador que en aquel momento tanto necesitaba. Estaba muy nervioso. Más que nunca. Habían sido muchos años de observación. De meticulosa cautela. Midiendo al milímetro todos sus actos para no meter la pata y no estar nunca en la situación en la que se encontraba en aquel momento. Pero lo que había visto aquella noche no podía compararse a nada de lo que había presenciado jamás.
Asustado, el hombre asomó un poco la cabeza desde detrás del árbol que lo ocultaba, y lo vio. Aún seguía allí. Era el policía que le había estado persiguiendo. Set Artur. Sabía su nombre porque había salido recientemente en el periódico a raíz de la resolución de un caso de secuestro.
Aún seguía con la mirada fija en Artur cuando vio su vía de escape. El vehículo que lo alejaría del detective y le devolvería al anonimato. Y aquel vehículo era un parco autobús amarillo que se dirigía a la parada que tenía justamente enfrente.
Si quería hacerlo bien, debía tener cuidado y esperar el momento adecuado para subir, justo antes de que arrancara.

Set vio detenerse al autobús. Tardó muy poco en darse cuenta de que si aquel hombre seguía cerca, intentaría escaparse en aquel transporte, y comenzó a caminar lento, casi ocultándose, hacia la parada; pero no fue lo suficientemente rápido y vio como el sospechoso salía de detrás de un árbol y se colaba por las puertas entrecerradas del bus, y este arrancó.
-¡Ya te tengo cabrón!- pensó Artur eufórico. Rápidamente, se dio la vuelta y empezó a correr. Sin ni siquiera mirar, sacó el móvil y marcó el teléfono de la central.
-Soy el detective Artur. Hay un sospechoso en un autobús de la línea cuatro que va hacia Galeras. Póngase en contacto con el conductor de ese autobús y dígale que no se le ocurra hacer ni una sola parada y que se dirija hacia los Lagos del Pedroso. ¡Y que vaya lo más lento que pueda!- Por fin lo tenía.
Le costó pocos minutos llegar hasta su coche. Mientras lo veía en la distancia, más bonito le parecía. Montó en la bala negra, encendió el motor y salió al encuentro del autobús.

lunes, 7 de noviembre de 2011

CARTAS DE AMOR PERDIDAS (II) : DE TORTUGAS Y JIRAFAS


A veces soy como una tortuga. En ocasiones me gustaría meter la cabeza en la oscuridad de mi caparazón y apagar el mundo durante un ratito. Olvidarme de todo y quedarme a solas con mis pensamientos.
Últimamente, por momentos lo he conseguido, y no veas que bien sienta. Encontrar un lugar dónde relajarse y poder tener una cita con tu propio ser, ajeno a las miradas de la gente, es un placer como pocos. Encontrarse a uno mismo es la manera más fácil de encontrar a los demás. A veces, para conectar con alguien basta con captar un gesto, advertir una sonrisa, cruzar una mirada...
Otras veces, intento parecer una jirafa, aunque no lo sea. Hay situaciones en la vida, que te exigen hinchar el pecho y alzar el cuello hasta que la cabeza asome por encima de las nubes. Es un defecto muy mío escuchar más al corazón que a la razón. Suele pasarnos a los que creemos en que el destino. Aunque a veces, haya que darle un empujoncito para que no se relaje.
Entonces apareció ella, y todo se fue al traste. No se si soy una tortuga con complejo de padaung o una jirafa metida a presión en un caparazón. Incluso ya no sé si el destino es suficiente en este momento. Más que darle un empujón, lo ataría por los pies a mi caballo y lo arrastraría hasta que viera lo que yo he visto. Sería fácil sentarse y olvidar, dejar que la vida pase, como pasan las cosas que no tienen mucho sentido. Pero la vida está para vivirla. Las cosas fáciles o seguras hacen que aburguesemos nuestras mentes y nuestros cuerpos. La indiferencia es el arma más precisa de la que disponemos para herir a otros.
Pero gracias a dios, no me rindo fácilmente y creo que no hay nada que no se pueda conseguir si se lucha por ello. Quien sabe, a lo mejor realmente sea una jirafa.  


sábado, 5 de noviembre de 2011

RELATOS CORTOS (II) : 108.2

Apenas serían las seis de la mañana. Sobre la barra del bar Vega el café empezaba a enfriarse. Las tostadas lo habían hecho ya. Un hombre salió del baño y se sentó en la banqueta que había enfrente del caduco desayuno. Acabó de leer el periódico y lo cerró. Pagó al camarero.
Mientras caminaba hacia su coche, se iba fijando en las pocas luces que pintaban la calle que le llevaba hasta el aparcamiento. Metros antes de llegar al automóvil sacó un pequeño mando y en pocos segundos se oyeron unos leves pitidos que procedían de un par de hileras más atrás.
Giró la llave y el motor contestó con un rugido. Dio marcha atrás y metió primera. Conducía, pero se concentraba más en intentar sintonizar una emisora en la radio. Música clásica, programa, tertulia, más música, informativo nacional, más tertulia, noticias locales. Parecía que era esto último lo que buscaba y, satisfecho, prestó algo más de atención al volante y la carretera.

-¡Bos días Santiago! Son as seis corenta e seis minutos dunha gris mañá neste vintetrés de xaneiro. Comezamos deseguida, pero antes, os titulares:
O goberno da Xunta aproba a inversión de máis capital en investigación, as facultades de Vigo e Santiago serán as principais receptoras destes fondos.
A Garda Civil atopa ás aforas de Bertamiráns un furgón con matrícula falsa cheo de material médico e outros aparellos quirúrxicos.
Soamente quedan dúas semanas para que chegue á cidade Meeegrans. O concerto do famoso grupo do norte de Europa celebrarase no Monte do Gozo.
O Celta afronta o liderato da táboa clasificatoria da primeira división mentres que o Deportivo segue inmerso dunha crise da que non parece dar saído.
Ben, xa estamos deee....volta con vostedes para comentar máis aaaa...fondo as novas que.....¡Agarden! acabame de chegar un teletipo que nos informa de que esta pasada madrugada, tivo lugar na praza do Obradoiro un estraño suceso do que todavía non temos moitos datos, conectamos coa nosa unidade movil. ¿Bea?
Hola Xurxo, pois aquí no obradoiro a policía satura a plaza. Non sabemos exactamente que pasou. Algunhas persoas falan de un posible ataque terrorista a un dos grandes pilares cristianos como é a nosa catedral.......-

Set Artur, apagó la radio.-¡Para escuchar hipótesis estúpidas ya tengo a mi madre!- pensó mientras divisaba un hueco para aparcar. Metió un último acelerón y con un solo giro de volante aparcó su casi recién estrenado Celica negro a un lado de la calzada. Salió apresurado y caminó hacia unas escaleras de piedra y apuntando sin mirar con su mano derecha al coche, disparó. "Pwip, Pwip". El coche quedó cerrado.
-Ataques terroristas, ataques terroristas.....- Empezó a subir las escaleras y escuchó una voz que le resultaba vagamente familiar...
-¡Pues en efecto...! Las posibles bombas de antimateria y antrax podrían estar escondidas en el sepulcro del Apóstol y los terroristas podrían ser de diversas nacionalidades.....-
Subió los dos últimos peldaños de un salto y allí la vio, sentada en la antigua muralla. Era una joven de unos veintiséis años, aunque apenas aparentaba llegar a la mayoría de edad. Su pelo era rubio y tres mechas de un azul intenso lo ornamentaban. Soltaba sandeces por un teléfono inalámbrico antiguo mientras buscaba algo en su bolso.
A medida que Set dejaba atrás a la reportera, su mirada se centró en las docenas de agentes que había tras el cordón policial. Algunos curiosos se amontonaban para cuchichear y no había demasiados periodistas.
Se acercó a uno de los policías que vigilaban que nadie no deseado cruzara el blanquiazul cordón que marcaba la entrada a la zona de sirenas y uniformes.
-Disculpe agente, ¿Que ha sucedido?-
-Pues al parecer, un par de jonquis, líos de drogas...
Set miró al policía a los ojos y esbozó una sonrisa. Lentamente apartó la chaqueta de la zona de la cintura y quedó a la vista una brillante placa dorada enganchada en su cinturón.-Ya, ¿y la versión extraoficial?- Dijo con tono jocoso.
El agente levantó la cinta y agachándose, Artur pasó al centro de la plaza. Un gato negro se coló entre las piernas del detective.
-¡Joder!, lo que me faltaba- Aunque no lo había dicho muy alto, se había oído con claridad.
La dueña intentó entrar a por el, pero varios agentes se lo impidieron. -Señor, señor, mi gatito, ¡por favor!- El detective le hizo un gesto y le dio a entender que tendría que esperar un rato y comenzó a caminar hacía donde se encontraba el grueso de los agentes reunidos bajo la catedral. A medida que se acercaba, veía con más claridad el intenso color granate de la sangre derramada sobre las antiguas piedras sobre las que pisaba.
-Detective Artur, homicidios. ¿Que tenemos?
-Nada.- Contestó un hombre de pelo claro al que le faltarían pocos años para cumplir los cincuenta.
-¿Perdone....?-
-Oh, perdón- Sus mejillas se sonrojaron- Inspector Andrés Marque- Dijo enseñándole su identificación.- Varón blanco, de unos treinta. Unas seis horas muerto. Sin D.N.I. ni ningún otro documento por el que lo podamos identificar. Junto al cadáver encontramos esto- El inspector sacó una bolsa en la que había un teléfono y una carpeta con las siglas de la Universidad de Santiago de Compostela -También hemos encontrado  un par de casquillos de una nueve milímetros. Confiamos en encontrar las balas en el interior del cadáver- Sentenció Marque.
El silencio se hizo dueño de la plaza durante unos minutos. Marque parecía nervioso, pero el detective Set Artur parecía inmerso en la más profunda de sus cavilaciones. Murmuraba frases incoherentes mientras analizaba minuciosamente la escena.
-¡Es imposible que solo dos balas hayan causado esta carnicería! ¡Mire a su alrededor! Sangre, sangre, sangre....- Indicó Artur señalando los puntos cardinales con su dedo índice, en el que brillaba un anillo plateado que adornaban extraños símbolos.- ¡El cuerpo de la victima tendrá que estar destrozado como mínimo!- Fijó su vista en su compañero.
-Bueno, es...es curioso. He llegado aquí hace algo más de dos horas. He sido de los primeros y apenas me ha dado tiempo a ver como se lo llevaban.
-¿Como?¿Quien se lo han llevado?- El tono tranquilo de Set se tornó en enfado.
-Pues eran cinco. Dos de ellos iban trajeados, muy elegantes.¡Incluso llegué a pensar que podían ser del F.B.I....jeje, ¡que cosas!...-
-Prosiga- Interrumpió Set, impidiendo que Marque se fuera por las ramas.
-Los otros eran médicos. Decían que debían practicarle ciertas pruebas al cadáver para comprobar si era portador de no se qué enfermedad. Intenté impedir que se lo llevaran, ¡se lo juro!. Pero fue entonces cuando uno de esos figurines sacó una orden que les permitía trasladar al muerto de inmediato a las instalaciones sanitarias pertinentes para....-
-¡Joder!¡joder, joder, joder!- Metió la mano en el bolsillo y sacó un cigarro. Se quedó pensativo varios segundos mientras encendía el pitillo. Le dio la primera calada. Y rápidamente dos más.- Bien, vamos a hacer lo siguiente: que nuestro equipo busque en la plaza cualquier pista relacionada con esos hombres. Por lo menos hasta saber si decían la verdad. Que se analice el móvil y la carpeta. Adjunte esos resultados al informe del caso y démelo en cuanto lo tenga. Quiero saber el qué, quién, como y por qué de lo que ha pasado de madrugada en esta plaza.-
-Bien- Asintió Marque
-A la prensa tranquilizadla. Que no empiece a sacar conclusiones que puedan dificultar aún más de por si esto. Decid que ha sido un ajuste de cuentas por drogas o algo así-
-Quizás haya sido eso. Quizás más macabro de lo normal- Sus palabras no se las creía ni el.
-Puede- Dijo Set siguiéndole la corriente. -Cualquier cosa antes de que se filtre a la prensa que nos han robado un cadáver delante de nuestras narices- dijo en tono rotundo. -
-Lo siento señor-
-No ha sido su culpa- Dijo entregándole una tarjeta. -Este es mi número, llámeme si hay alguna novedad. No importa la hora.- Y comenzó a andar por donde había venido. Nada más darse la vuelta, cientos de flashes blanquearon la morena tez del detective.
-Mierda- Exclamó mientras veía cada vez más cerca a una multitud de periodistas armados con cámaras, papel y boli. -Ya sabe lo que ha de decirle a esos buitres- e intentó hacer mutis por el foro mientras que Marque lidiaba con los carroñeros, pero antes de que le diera tiempo a escabullirse, una voz se escuchó en toda la plaza.
- ¡Mi gatito! por favor....-
Artur dio media vuelta y fue a por el minino.


-Cuéntenos inspector, ¿ha sido un ajuste de cuentas?-Preguntó un joven con sombrero gris, mientras comprobaba que su bolígrafo funcionara.
-Pues aún es muy temprano para hacer conjeturas, pero esa es la principal línea de investigación que seguimos....- Informó Marque.
-¿Se sabe ya quien es la víctima?- Preguntó otra voz entre la multitud.
-Pues todavía no, pero no descartamos que sea un drogadicto y que efectivamente todo sea un ajuste de cuentas, y con esto les dejo.-
Pero antes de poder darles la espalda, la misma voz preguntó- ¿entonces la carpeta de la universidad que encontraron cerca del cadáver no tiene nada que ver?-
Dos gotas de sudor frío recorrieron el viejo rostro del inspector antes de que la jauría empezara devorarle.
-¿Un estudiante? ¿Un profesor? ¿De que facultad?....- Marque tragó saliva.

A Set le había costado atrapar al gato, pero lo había conseguido. Y parecía haberse ganado la confianza del animal. Desde que lo cogiera entre sus brazos, el gatito ronroneaba y le lamía con su áspera lengua las manos. Con la mirada buscaba a la dueña, pero entre los curiosos, las cámaras y los coches no conseguía distinguirla entre la multitud.
Mientras, Andrés intentaba contener a los reporteros como podía. Set, se le acercó con el gato en brazos y se lo dio. -Hay una señora que lo está buscando, intenta encontrarla- Marque obedeció.
-Señores, no hay más declaraciones, así que si me disculpan....-
-Una última cuestión detective Artur...- Con estas pocas palabras consiguió atraer la atención de Set, y prosiguió -¿Es cierto que les han robado el cadáver de la víctima?- Y con estas palabras, el misterioso hombre abrió la Caja de Pandora. Todos los periodistas se abalanzaron sobre Set y empezaron a acribillarle a preguntas impidiendo que pudiera caminar hacia la misteriosa silueta que se alejaba poco a poco a plena luz de una gris mañana.
-¡Detengan a ese hombre! ¡No dejen que se escape!- Desenfundó su arma y se abrió paso entre todos los reporteros.  

RELATOS CORTOS (I) : LLUVIA

Era la más oscura de las negras noches en la ciudad. Llovía, como había llovido también el día anterior y las semanas que lo habían precedido. Tan solo los soportales hacían de abrigo a los pocos incautos que confiaban en que las lluvias cederían, y habían salido sin paraguas a la calle. Pero, a pesar de las inclemencias del tiempo, no era tarde y por las estrechas callejas de la zona vieja transitaban algunos peatones ataviados con ropas de abrigo e impermeables.
Sin embargo, destacaba entre la gente un hombre que aparentaba estar cerca de la treintena, pues tenía los últimos síntomas de la juventud en su rostro, una juventud que parecía esfumarse a cada paso que daba entre los charcos. Contrastaba con las muchas canas que hacían que en su cabello el color blanco destacara más que un bonito pelo negro. Más negro que el propio carbón.
Entre sus manos, sostenía una carpeta gris que intentaba guarecer de la lluvia bajo su gabardina, aunque poco a poco se iba empapando más y más.
Andaba firme y rápido. Como si  en su mente tuviera un gran plano y la ruta elegida estuviera fijado con antelación y detenimiento mucho tiempo atrás. La incertidumbre que denotaba su cara era quizás el elemento más intrigante de su figura bajo la lluvia en aquel momento. Poco antes de llegar al final de la calle se detuvo en seco e intentó cobijarse bajo un diminuto saliente en uno de los edificios que ponían fin al camino. Lentamente se remangó y miró la hora en el viejo reloj de plata que llevaba en su muñeca izquierda desde hacía ya demasiados años. Alzó la vista  y utilizó el cristal de la esfera a modo de espejo para comprobar que no había nadie a sus espaldas. Las doce de la noche menos dos minutos. Por un momento se sintió como Cenicienta poco antes de tener que volver a casa: inseguro, nervioso, con miedo. Miró a su izquierda y divisó un gran portón verde en el que se podía ver entre las sombras el número veintidós. Se dirigió hacia él, empuñó el picaporte y rompió el silencio que invadía la calle con un estruendo metálico que repitió hasta tres veces. A los pocos segundos, la puerta se abrió...   


Nada lejos del número 22 de la rúa Nova, Erea, una estudiante de apenas 19 años, salía de la biblioteca de camino a su casa. La lluvia con la que había llegado muchas horas atrás la había estado esperando hasta el filo de la  medianoche para acompañarla de vuelta. A Erea no le gustaba demasiado la lluvia. Solo la disfrutaba los días en los que tenía que entrenar. Correr mientras sentía las frías gotas de agua estrellándose contra su cuerpo y dejar su mente libre de líos y complicaciones que sustituía por agradables pensamientos que chocaran frontalmente con la tristeza que contagiaban las nubes en aquellos días grises. Además también sonreía en los días que como aquel, llovía cuando le tocaba estudiar. El hecho de que por las ventanas de la biblioteca se viera un asqueroso día de perros, le ayudaba a concentrarse más en sus apuntes y libros.
Erea era una chica de largos cabellos castaños oscuros, normal de estatura y en buena forma. Los primeros meses de aquel año se había estado machacando en el gimnasio, lo que hacía que ahora luciera una figura esbelta pero a la vez hinchada debido a muchas horas de ejercicio.
Sacó su diminuto paraguas del bolso y comenzó a caminar lentamente hacia la fuente de la Alameda. En su cabeza rondaban las últimas páginas del libro que había estado leyendo. Recordó que había apagado el móvil para entrar en la biblioteca y decidió encenderlo para comprobar si alguien la había llamado. Marcó su pin y esperó. La alegre musiquilla que indicaba que el número era el correcto coincidió con la primera de las campanadas que marcaban el fin de aquel día. Ahora, por las pequeñas calles retumbaban segundo a segundo las campanadas procedentes de la gigantesca catedral, que se encontraba en el centro del casco antiguo. Desde una vista elevada, las diminutas callejas y los tétricos callejones simulaban venas y arterias que confluían en su románico corazón.
Las campanadas se acercaban a su fin cuando, de repente, a Erea le pareció escuchar un ruido sordo, apagado, que provenía de la plaza de la Catedral y comenzó a caminar hacia allí. Poco antes de llegar, su teléfono sonó y ella contestó sin detenerse. Al principio no escuchó ninguna voz, solo el chisporroteo de la lluvia contra el suelo, pero pudo distinguir la décima campanada con una increíble claridad, como si la persona que la llamaba se encontrara a poca distancia del gigante de piedra que vigilaba los cielos de la ciudad. Erea apuró el paso, y fue entonces cuando una voz apenas perceptible le susurró algo desde su teléfono. Pudo escuchar la undécima campanada en estéreo, ya que se encontraba a la entrada de la plaza en la que se encontraba el desconocido que la llamaba. Pero un atronador disparo hizo que Erhea soltara el teléfono y levantara la vista. El golpe de móvil contra el suelo y el grito que salió desde la rota garganta de Erea se sincronizaron con la última de las campanadas. 
En el centro de la plaza, un hombre de gabardina marrón yacía tendido en el suelo. Al fondo, la silueta de una persona escapaba por  el túnel que daba a la calle paralela. El hombre moribundo sostenía un móvil en su mano y con la otra señalaba a su carpeta, vacía y empapada por la lluvia que seguía cayendo. Erhea tiró el paraguas, se acercó a la persona herida y, al ver su cara, dos lágrimas asomaron de sus sobrios ojos. Las fuerzas de sus piernas se desvanecieron y calló de rodillas, empapando su pantalón blanco. Intentó decir algo, pero solo pudo llorar, y allí se quedó. Llorando bajo la lluvia de Santiago de Compostela.



CARTAS DE AMOR PERDIDAS (I) : FILOSOFÍA BUENA, BONITA, BARATA

Es ella. Lo se. No la conozco y no la entiendo, pero la quiero. ¿nunca habeis sentido algo tan fuerte por alguien, que sin haber cruzado nunca una palabra con el/ella piensas que se lo darías todo sin que ni si quiera te lo pidiera? Yo he conocido hoy a esa persona. Me ha conocido ella a mi, ya que estaba en mi casa cuando entré. Por la tarde estaba sentada en el suelo, por la noche rebatía la gravedad con una pelotita roja y de madrugada me ha ofrecido miel. No me gusta la miel, pero me hubiera comido el tarro a cucharadas con solo una sonrisa, un parpadeo. Es como echarle miel a un yogur griego, ya edulcorado y empalagoso de por si. Pero que quieres que te diga, me me he encaprichado de ese yogur. Solo lo he visto en el escaparate y solo pienso en comprarlo.
Amor con fecha de caducidad y sin entendimiento. Árdua tarea. 7 días y contando. Preparo frente al espejoweb la mirada que lo diga todo, saltar barreras de idiomas, diferencias culturales y fronteras físicas con un solo cruce de ojos...
Mira que es caprichoso el corazón....En concreto el mío, pero el tuyo también, lo sabes. El mío (se llama señor patata) llevaba un tiempo aletargado y sobreviviendo a base de suero azulgrana, que era el que mas le gustaba para desatarse. Pero ya no. Ha decidido que ya no necesita eso, ahora necesita a.....Bueno, lo primero que necesita es saber su nombre.
En cierto aspecto es peligroso. Una inocente mirada que se convierte en fijación y posterior obsesión en 6 horas no indica que el barco vaya a acabar en buen puerto. Quizás sea la mujer por la que haces alguna locura que te cambia la vida, para bien o para mal.
y sobre todo puede ser culpa de 24, y que con tanta tension y acción en tiempo real, hace que me ponga intenso, y pensar que me quedan menos de siete dias me parece un suspiro. El tiempo no es suficiente. Me siento una mezcla entre Jack Bauer y un oso amoroso. 
Quizás necesito dormir un poco y ver las cosas con más filosofía.
FILOSOFIA BUENA, BONITA Y BARATA